“La Chupilca del diablo”: ¿Es verdad que el soldado chileno consumía este mítica y peligrosa bebida?

La leyenda afirma que durante la Guerra del Pacífico, el conflicto armado entre 1879 y 1883, durante el cual Chile venció a las fuerzas conjuntas de Perú y Bolivia, los soldados chilenos solían beber antes de las batallas una bebida conocida como la Chupilca del diablo, elaborada a partir de una mezcla de aguardiente y pólvora negra, y gracias a la cual éstos supuestamente entraban en una especie de euforia o trance, lo que aumentaba su ferocidad, valor y temeridad en el campo de batalla.

El escritor chileno Jorge Inostroza, en su famosa novela épica de 1955 “Adiós al Séptimo de Línea”, en la que se relata las aventuras y desventuras de algunos regimientos y personajes chilenos -reales y ficticios- en la Guerra del Pacífico, sería quien popularizaría el mito de la Chupilca del diablo a partir de los años 50’ del siglo pasado. En esa obra, Inostroza relataba que los soldados peruanos solían llamar a los soldados chilenos “los endiablados”, debido al estado de euforia y excitación que esta bebida les provocaba.

Sin embargo, pese a lo anterior, actualmente se asegura que la Chupilca del diablo sólo correspondería a un mito, que podría basarse en la afición de los soldados por el aguardiente, bajo cuyos efectos se aumentaba la agresividad y la temeridad, las mismas que facilitaban los excesos durante y después de una batalla. Algunos autores, incluso, han deslizado la posibilidad de que la Chupilca del diablo corresponda a aguardiente en descomposición, lo que podría causar que los hongos producidos tuviesen propiedades alucinógenas, tal como ocurría en los tiempos de los berserkers nórdicos, los guerreros vikingos que entraban en una suerte de agresiva euforia tras beber cerveza contaminada con cornezuelo del centeno (con alto contenido en compuestos de ácido lisérgico, precursor del LSD), y que peleaban bajo cierto trance de perfil psicótico, casi insensibles al dolor, llegando a morder sus escudos de frenesí, mientras no había fuego ni acero que los detuviera. El investigador histórico militar chileno Rafael Mellafe, en su obra “Mitos y Verdades de la Guerra del Pacífico”, explica que la preparación de la famosa Chupilca del Diablo no es mencionada en ninguna fuente primaria militar, como los diarios de los médicos que viajaron al norte con las tropas chilenas, así como en los diarios de campañas de soldados y oficiales que intervinieron en ese conflicto (“Seis años de vacaciones: Recuerdos de la Guerra del Pacífico 1879-84″, de Arturo Benavides Santos o el diario de Campaña del capitán del batallón Atacama Rafael Torreblanca, personaje real de la novela “Adiós al séptimo de línea”).

Guillermo Parvex explica que “el nombre Chupilca del diablo proviene de la similitud entre los ingredientes utilizados para la preparación de este brebaje y la chupilca, que es la mezcla de chicha y harina tostada. La Chupilca del diablo nace en la novela “Adiós al séptimo de línea”, de Jorge Inostroza, que cuenta que se elaboraba con agua ardiente y pólvora negra, que tenía carbón mineral, nitrato y azufre, y que infundía supuestamente en los soldados un valor y una ferocidad increíbles. Pero está médicamente comprobado que si una persona se tome una vainilla de tiro de fusil con esta mezcla de aguardiente, nitrato y azufre tiene un grave riesgo de que se rompa todo su tracto digestivo. Sufrirá de un severo efecto irritante en la mucosa intestinal, generando severos cuadros de vómitos y diarrea. Además, puede causar la interrupción del tracto digestivo, de modo que el soldado no sólo no puede combatir, si no que también puede desangrarse y morir”.

Sin embargo, pese a lo anterior y a que las fuentes militares que narran algunas famosas batallas de la Guerra del Pacífico (como la batalla del Alto de la Alianza, Chorrillos y Miraflores) no mencionan el uso del famoso y peligroso brebaje en las vísperas de dichas acciones bélicas, algunos autores no descartan que clandestinamente algunos soldados chilenos, ante el horror de las acciones de guerra y el miedo inevitable y real que los envolvía antes de entrar en acción, tuvieran alguna escondida ración de aguardiente que combinaran con pequeñas dosis de pólvora, bebiéndola y compartiéndola con algunos de sus compañeros de armas, lo que habría dado origen posteriormente al famoso mito. Esta posibilidad, por cierto, nunca ha podido ser confirmada, más aún por el enorme daño que habría generado en quienes consumieran esta mezcla de alcohol y pólvora.

Reportaje Zona Evoluciona